El burro que murió entre La Rosa y Montebreña

Unas 300 personas participaron en una curiosa fiesta en la que se recuerda el «enfrentamiento» entre dos barrios, allá por los años 20 del siglo pasado, para evitar hacerse cargo del cadáver de un burro, que moribundo pasó de un lugar a otro hasta acabar en la azotea de un colegio.

Montebreña y La Rosa se «enfrentaron» un día por el entierro de un burro. Hace ya mucho tiempo, en los años 20 del siglo pasado, los vecinos de ambos barrios limítrofes utilizaron todas sus artimañas para que el cadáver del mamífero no acabara en terreno propio, una curiosa historia que unas 300 personas, también llegadas de otros lugares, conmemoraron el pasado sábado en un recorrido de unas cinco horas por las medianías que separan la Villa de Mazo de Breña Baja.

En aquellos tiempos existía una normativa municipal por la que el animal muerto que no tenía dueño conocido debía ser enterrado por los vecinos del barrio en el que aparecía el cadáver. Una ley de obligado cumplimiento. El burro al que se recuerda estuvo durante varios días moribundo entre Montebreña y La Rosa, mientras era ahuyentado por los vecinos. Nadie lo quería en su territorio.

La transmisión oral dice que el animal acabó muriendo en La Rosa, donde se pensaba que había sido enterrado, pero lo cierto es que sus vecinos aprovecharon la oscuridad de la noche para colocarlo en la azotea de la escuela de Montebreñas, cuyos pobladores se dieron cuenta pasados ya los días por el mal olor del cadáver, teniendo que proceder de forma inmediata a su entierro.

Enamórate de tú barrio. «Era un burro que seguramente sus dueños soltaron cuando estaba a punto de morir o quizás se escapó de algún lado», comenta Berto Martín, uno de los propulsores de la idea de recuperar aquella historia, dentro de un programa denominado «Enamórate de tú barrio, conócelo», que tiene por objetivo «divulgar la historia, también las anécdotas, acurridas» entre Montebreña y La Rosa. Para cumplir con el objetivo de esta iniciativa, durante el recorrido, en el que participaron grupos de caminantes, se encargó de relatar, megáfono en mano, las vivencias de generaciones pasadas, de las casas antiguas, de las añejas ermitas, muchas ya derruidas…

Unir a los vecinos.- Fue un paseo por la historia que acabó de forma sorprendente. La organización del evento se encargó de realizar una figura a tamaño real de un burro, perfectamente diseñado, para recordar aquella vieja historia. Figura que tras aparecer en la última parte del trayecto presidió una comida de hermandad entre todos los participantes. «Creemos que actos así también sirven para unir a los vecinos entorno a lo que es o fue su barrio», considera Berto Martín, en un acto «que debería ser tenido en cuenta por los ayuntamientos a la hora de apostar por recuperar el pasado de la gente de sus pueblos».

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